viernes, 8 de enero de 2010


THE MAN FROM EARTH: ¡Cómo detestamos lo maravilloso!
Siempre me he preguntado, desde el tiempo más tierno de mi infancia, que hacer frente a lo inexplicable.
Cuando era niño, me preguntaba que sería poder volar, encontrarme con un marciano, presenciar los hechos de la historia en una especie de gran cine cósmico del que me hablaba mi papá, sólo asequible desde la superficie de la luna.
Creía que lo increíble lo era no por imposible, si no por difícil de creer. Que era una buena idea, después de todo, tener límites que romper. No barreras elásticas: muros de cristal que hacer trizas.
Solo hay que pensar en algo. Yo tengo 34 años. Cuanto tenía 10 era increíble  tener en mi mano un teléfono inalámbrico que me permitiera recibir correos electrónicos, mirar vídeos y escuchar mi radio favorita mientras caminaba.
Eso es parte de mi vida diaria hoy; increíble hace 25 años, natural ahora mismo.
Es un paralelo complejo éste que ensayo, para aclarar mis puntos de vista sobre una película que me ha dejado MUY sorprendido.
Y lo hace porque me pone en el límite donde muchas veces me encontré: ¿Cuál es la tolerancia del ser humano hacia lo increíble? ¿Existe?
El hombre de la Tierra es un filme muy sencillo. Nada de efectos especiales, tan sólo una locación, once actores en toda la película, apenas un poco de música incidental, y una trama verdaderamente cautivante por la controversia implícita: ¿estamos dispuestos a la posibilidad de un hombre no inmortal, pero sí extremadamente longevo, detenido en un momento e impulsado a través de los siglos, junto con la evolución?
Me trae un poco a la mente a Highlander, otra película que explora la posibilidad de la prolongación de la vida. Pero nuestro hombre, Jhon Oldman, camina solo por el mundo, tal vez único en su tipo hasta donde sabe, observador de grandes momentos de la historia, siempre al margen.
Casi siempre. Y ese es un spoiler importante en ésta historia.
Luego de verla, bastante sobresaltado por las buenas actuaciones, quedé preso de una pregunta sustancial: los humanos estamos dispuestos a ser estimulados hacia lo sobrenatural, buscamos los límites de la resistencia, intentamos penetrar más allá del velo de la muerte, pero: puestos ante la evidencia de una auténtica singularidad ¿somos capaces como especie de reconocerla, de admitirla posible?
Los cristianos, católicos en particular, vivimos una vida estimulada por los actos milagrosos de un hombre. Concedemos la inaudita capacidad de curar enfermos, resucitar muertos, caminar sobre las aguas, y así. Pero no podríamos soportar, evidentemente, que eso sucediera en nuestro tiempo. Esta bien en el pasado, donde no necesitamos probar nada, si no tener actos de fe. Pero el ahora es distinto. Debemos medir, disecar, explicar.
Sin eso, las cosas no existen.
En esta película veremos un ejercicio de buen cine, pero también de humanidad, pues ¿qué resulta más evidentemente humano que la duda ante lo inexplicable, el recelo ante lo inasible, el terror a las posibilidades ocultas de la realidad?


The man from Earth, 2007, Falling Sky Entertainment
Dirige: Richard Schenkman


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